El pasear

Durante un paseo sabroso y tonificante con Linda, la border collie, inquieta y cariñosa, que camina cada mañana a mi lado, venía planteándome qué son los pueblos y qué son las ciudades. Qué modo de vida tendría está perrina y  cómo viviría incluso yo mismo en una ciudad.

Recuerdo ciudades caprichosamente edificadas en lugares lejanos de un mar, de un río, proyectadas sin pasión, tan pobladas y desconectadas, tan sorprendidas por la llegada de personas, eventos, tan bloqueadas a nivel circulatorio. Llego a comprender que un hombre es la imagen de la cuidad donde vive, se identifica y le determina hasta en su razón de ser.

En nuestras  ciudades piensan miles de personas repartidas en miles de cuerpos  dispares. Quizás para no sentirnos perdidos vivimos en la ciudad, en las ciudades siempre es de día, hay luces por todas partes, podemos sentir el ruido y el bullicio, saber que hay cien mil ojos que nos observan y clasifican.

Independientemente de la forma distinta de la vida en los pueblos, todo aquí toma un aire de quietud. La vida en el pueblo es un cambio radical por el entorno tanto de paisajes como de paisanaje. La conexión con la tierra, pisarla cada mañana y cada tarde, pero sobre todo, el silencio de un paseo con uno mismo. Las actividades se resuelven sin prisa, el ritmo de la naturaleza se impone.

El pueblo y la ciudad son dos símbolos de lo ancestral y lo moderno. La naturaleza, nuestra escuela de vida, manantial de creatividad, bálsamo reparador, es un lugar permanente de convivencia.